-Hoy te hablaré de los cinco sentidos: El tacto-. Le agarra las manos, repasando con ellas el vientre, el pelo ensortijado, los labios carnosos. -El oído-. Le regala unas piruetas de Mozart, para que se enrede en los laberintos de la música. - El olfato-. Arranca una mata de hierbabuena y que así, embriagada de fragancias, se pierda en esa felicidad. -El gusto-. El sabor almibarado del albaricoque que le introduce en la boca. -La vista-. Entonces, él siente un escalofrío. Ella lo nota, entorna los ojos yermos y le susurra: -Papá, no te preocupes, yo, veo con el corazón-.
La moda de la Selva Negra
23.6.13
15.6.13
Inevitable
Los
participantes se estrujan en el punto de salida. Esperan pacientes o
con tembleque, según el talante del deportista, el pistoletazo para
la carrera. A una, corren desbocados. Los más atléticos se pavonean
convencidos de su éxito, los ancianos sacan fuerzas de flaqueza,
seguros de que lo importante es concursar y los adolescentes sueñan
con una primera victoria en la vida. El sol les fustiga con azotes de
calor. Lipotimias, esguinces, desmayos intencionados, dejan a los
primeros fuera de la competición. Los que quedan luchan con denuedo.
Se suceden los abandonos. Sensación de fracaso, derrotas y heridas
abiertas en el orgullo. En los últimos kilómetros del maratón la
tortuga en la pista avanza a marchas forzadas con lentitud. Le sigue
unos metros por detrás un hombre jadeante pero de pies ligeros. Los
demás corredores o, bien han dejado el maratón o, bien se refugian
en la lontananza retrasada de un polvoroso pelotón. Aquiles, con
rostro ensombrecido, acusa cansancio. Al fin y al cabo, tiene que
aceptar que el quelonio cruzará inexorable la línea de la meta, con
ventaja infinitesimal, dejándole en ridículo y, lo que más le
duele, tendrá que darle la razón a Zenón, el de Elea.
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