La moda de la Selva Negra

18.6.18


El descuido imperdonable de Noé


Algunas de las bestias erradas son el vivo retrato de sus dispares progenitores y, si no, observen ustedes a la rata topo, al cerdo hormiguero. Otras albergan una fisonomía estrafalaria, que nos sonroja, así el mono narigudo. Pero las más siniestras nos producen extrañamiento, angustia, nos remiten a aquella hecatombe enviada para castigar a los hombres por su soberbia, en la que las aguas de arriba se mezclaron con las de abajo; al arca que acogió a los animales entonces vivientes, por parejas de macho y hembra, para que se multiplicasen en caso de necesidad. No dejemos de considerar cuán aberrantes y promiscuas debieron ser las prácticas de apareamiento durante aquella travesía. Nos interrogamos sobre cuáles fueron las especies que traspasaron los límites y se rebelaron contra las leyes de Dios, y qué animales tras el diluvio, abandonaron la nave con la simiente en sus entrañas de seres monstruosos como el ayeaye, el demonio de Tasmania, el moloch, el topo de nariz estrellada, el tarsero, el mono Uakari o el ajolote rosa que, en el dibujo de su sonrisa congénita, lleva grabado el placer pecaminoso de aquellas horas de obscenidad y de lujuria.



Relato que aparece en una recopilación de cincuenta relatos seleccionados tras la deliberación del VI concurso de microrrelatos organizado por el colectivo Manuel J. Peláez de Zafra (Badajoz). El ganador del certamen ha sido Alberto Rodríguez Guerrero.

21.3.18

Mecanoscrito de la segunda glaciación

Alba y Dídac salieron del refugio devastado y subieron a la superficie. Echaron a andar. Con cada paso que daban el hielo seco chasqueaba bajo sus pies como una galleta crujiente. Avanzaron sin percatarse de que habían perdido a la anciana. En una sima un oso blanco la devoraba a dentelladas. Notaron la ausencia de la mujer demasiado tarde. Lo sintieron, pero carecían de tiempo para detenerse. No estaba ya en edad de procrear y hubieran tenido que compartir las pocas reservas con ella. Si se daban prisa llegarían a la zona desconocida antes de que la escasa luz desapareciese en una fría noche de quince horas. Bajaron ateridos por un terraplén helado de aristas agudas, con la muerte en cada cristal. Abajo se les unieron tres mujeres de mediana edad y una joven. Los últimos supervivientes. Él las recibiría a todas los meses posteriores, cuantas veces fuera necesario, hasta que quedasen embarazadas. Tras una marcha penosa sobre un lago congelado, el grupo se adentró en el bosque de carámbanos, para alcanzar, en el sur, la única colina abrazada por unos tímidos rayos de sol, rematada de brotes a punto de germinar.

Texto para el concurso de Zenda e Iberdrola de relatos de ciencia ficción