La moda de la Selva Negra

6.1.19

Bici y PlayStation




El cinco de enero por la noche, cuando oí decir en voz baja a mi hermano mayor por teléfono que venían los camellos con el paquete me apresuré a preparar el avituallamiento. Saqué del fondo de la bolsa del pan los mendrugos olvidados y coloqué la sopera mellada de los abuelos llena de agua en el pasillo. Antes de acostarme, puse al lado de la comida mis zapatos nuevos, para dar buena impresión y que me obsequiaran con todo lo que había pedido. Me costaba conciliar el sueño y no paraba de pensar en la lista que había escrito y que a esas alturas debía estar en la saca de Baltasar, al que yo le dedicaba mi más absoluta devoción. Aun así, debí quedarme bastante roque poco después porque no llegó a mis oídos nada del jaleo en la madrugada que según me relataron se había armado en la habitación contigua. Me desperté por la mañana eufórico y me dirigí a la entrada para comprobar si se había tenido en cuenta mi petición. Enseguida percibí que algo inusual e incluso desagradable había pasado. Un chapoteo en la entrada me dejó las pantuflas empapadas. El recipiente que yo había dejado para calmar la sed de los rumiantes venidos de Oriente yacía con descalabros y vacío después de haberse desparramado el líquido que contenía. Los coscurros para los animales se habían hinchado y perdían las migas blandas por el suelo. Vi a mamá muy nerviosa. Papá con la cara roja, desencajado, parecía que iba a explotar por la vena de los disgustos que surgía en su frente siempre que se enfadaba con nosotros. Ni rastro de mi hermano en el apartamento. Entendí que era mejor no preguntar y esperé en la cocina a que alguien me hiciera el desayuno. Me quedó claro después de varios minutos que me tocaría a mí calentar la leche en el microondas y descongelar los bollitos. Mamá dijo que los regalos mejor guardarlos para mi cumpleaños y que ya iba siendo hora de contarme la verdad sobre lo de los Reyes Magos.

Texto presentado en el concurso de historias de Navidad convocado por Zenda.

7.11.18

Un lugar en las sombras


A Delia le gustaba mucho morirse. Lo hacía a diario. La enterraran o no se dirigía sin pereza al Panteón Civil de Dolores en México. A veces con comitiva, acompañada de plañideras que al final casi nunca tenían ni tiempo de llorarla lo suficiente porque en lo más inesperado empezaba la fiesta. Siempre de noche, rasgando las tinieblas; antes de liarse con el jolgorio dejaban que de día, con la luz, vinieran las viudas a lamentar la pérdida de sus coroneles. Nada más llegar el crepúsculo salían los eternos de sus mausoleos, colocaban sus sillas en el umbral y con jaranas, ukeleles, viandas imperecederas y eau de vie desafiaban la ley de la gravedad de las cosas. Se abandonaban a los juegos con astrágalos, ofrecían a los que se extraviaban en el camposanto oráculos de huesos, bisutería de cuerno y uñas, talleres para hacer mezcal con alacrán. Un lunes húmedo y gris se le pasó la hora del retorno, abandonada a los placeres del más allá, enzarzada en una partida de tabas. No le dio importancia y pernoctó en un caja de madera de cedro que estaba medio abierta, al lado de un ingeniero de buen ver. Decidió que, como nadie la esperaba no era necesario volver y se quedó para siempre. Así, sin notar apenas el paso a otro estado.

Texto presentado en el concurso de historias del Día de Muertos convocado por Zenda.