La moda de la Selva Negra

21.3.18

Mecanoscrito de la segunda glaciación

Alba y Dídac salieron del refugio devastado y subieron a la superficie. Echaron a andar. Con cada paso que daban el hielo seco chasqueaba bajo sus pies como una galleta crujiente. Avanzaron sin percatarse de que habían perdido a la anciana. En una sima un oso blanco la devoraba a dentelladas. Notaron la ausencia de la mujer demasiado tarde. Lo sintieron, pero carecían de tiempo para detenerse. No estaba ya en edad de procrear y hubieran tenido que compartir las pocas reservas con ella. Si se daban prisa llegarían a la zona desconocida antes de que la escasa luz desapareciese en una fría noche de quince horas. Bajaron ateridos por un terraplén helado de aristas agudas, con la muerte en cada cristal. Abajo se les unieron tres mujeres de mediana edad y una joven. Los últimos supervivientes. Él las recibiría a todas los meses posteriores, cuantas veces fuera necesario, hasta que quedasen embarazadas. Tras una marcha penosa sobre un lago congelado, el grupo se adentró en el bosque de carámbanos, para alcanzar, en el sur, la única colina abrazada por unos tímidos rayos de sol, rematada de brotes a punto de germinar.

Texto para el concurso de Zenda e Iberdrola de relatos de ciencia ficción

31.7.17

La puerta trasera

Entró en el mar por un acantilado de barlovento. Bajó despacio por los escalones esculpidos a fuerza de caprichos del agua. Persiguió durante algunos instantes la luz cenital a menudo atrapada en un revoltijo de algas y que luchaba por liberarse. En el descenso apreciaba con gratitud el vaivén sedoso de los bancos de doradas, el cosquilleo gaseoso de unas medusas desmelenadas. Saboreaba en su periplo acuático el efecto borrachera del oxígeno de botella mientras llegaba a rincones en penumbra en los que se refugiaban cientos de habitantes. Algunos de ellos residentes fijos, otros de carácter fugaz y tarambana surcaban aquellas ondas por primera vez. Se deslizaba como un escualo, en silencio, con la rapidez sinuosa de una morena. Contemplaba con sorpresa los saltos innecesarios de los hipocampos y admiraba el paisaje marino que le recordaba a la pecera que tuvo en su niñez antes de que se cayera y estallara en añicos el día que su padre le dio aquella bofetada por llegar tarde. Seguía ganando terreno en su singladura hacia las profundidades. Barracudas, meros, cazones acompañaban de incógnito. Alguien tiraba de la cuerda desde arriba de manera insistente, desesperada; pero se dijo que solo era el guía. Si hubiera sido su marido quizá se lo habría pensado. Empezó a escasear el aire y supo entonces que había llegado la hora. Se quitó los arreos de buceo e hizo unas cabriolas pantanosas, de saltimbanqui en su espectáculo final, convencida en aquella tesitura de que estaba en el lugar correcto y que todo ocurría en el momento adecuado.

#UnMarDeHistorias
Texto para el concurso de Zenda e Iberdrola "Un Mar de Historias"